“Uste’ pida, que el de arriba es mi compa”

ElSanto

c“Uste’ pida, que el de arriba es mi compa”.

El que escuchaba estas palabras tenía una garantía. El destello del milagro. La luz en la desolación. El Lupón jamás mentía. Así era el Lupón.

Alto, robusto y el corazón del tamaño de su puño izquierdo. Guía en la oscuridad.
“Guardián del camino, Señor de las Fronteras…”
Con un saco de sueños rotos, hambre y unos cuantos trapos, muchos se acercaron a él.

“…ayúdanos a pasar al otro lado sin desgracia alguna…”

Todos confiaron en él y él nunca los abandonó. Había algo místico. Algo que te hacía tener fe.

“Yo soy de Los Angeles”, solía contestar al que le preguntaba su origen. Diversas ciudades fronterizas presumen de haberlo visto nacer. De Los Angeles. Y sonreía. Nadie preguntaba más. Ambigüedad iluminadora. Nada más se necesita saber.

Ayudó a muchísima gente en todo lo que pudo: dinero, comida, consejo. Aunque siempre será recordado por una actividad: “pollero” dirán algunos, “Señor de la Frontera” para los amigos. Ni un sólo centavo. A cruzar el cerco, a romper el límite, a alcanzar el sueño. Dicen que una noche desapareció. Cayó la migra. Ustedes se esconden, yo me voy a entregar. Unos cuantos minutos y las patrullas se fueron. No hubo rastro del Lupón, no hubo arresto.  Ni su nombre ni la fecha existen en los registros.

“…no olvides enseñarle al mundo tu ejemplo de hermandad…”

José Guadalupe Ibarra. Muy pocos como él. Pura bondad.

Dicen que lo han visto por ahí. Que fulano o sutano cruzaron al otro lado gracias a su ayuda. Que sigue de nuestro lado. Que es hábil como nadie. Que la migra le hace los mandados. Que es un angel. Que nunca nos abandonará.

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